Escribe Silvio Heimann

Mucho antes de las hamburguesas estandarizadas, las transmisiones por radio y TV o la capacidad de conectarse instantáneamente por teléfono con cualquier persona en cualquier rincón del planeta, fue la industria textil la que achicó el mundo de un modo que antes no había sido visto. La globalización, un fenómeno del que todos oímos hablar, algunos sostienen, se inició con la industria textil.

Los barcos ingleses surcaban los océanos llevando materia prima hasta sus puertos, donde se confeccionaba y se exportaba en todas las direcciones. El concepto de moda nació al calor de las máquinas de coser que permitían que miles o millones se comenzaran a vestir bajo los mismos parámetros. Es improbable que el señor Singer, aquel inmigrante judío que en Estados Unidos se hizo famoso, imaginara el impacto que tendría la democratización de la producción textil: las prendas dejaban de ser un bien suntuario, se podían renovar, arreglar o cambiar.

Desde entonces hemos visto muchas otras cosas volverse “globales”. Los inmigrantes italianos llevaron sus comidas junto consigo y convirtieron a la pizza en un snack de alcance planetario. Curiosamente, si desembarcaban en Nueva York, en Curitiba o en La Habana se iban a encontrar con gente vestida de modo muy similar. Hoy damos por sentado que al llegar a cualquier rincón del mundo, habrá una botella de Coca Cola y unos arcos dorados con la dichosa hamburguesa. Pero con la ropa el fenómeno va todavía un paso más: la gente toma fotos (literal o figurativamente) cuando nota gente vestida de otra manera. Los gauchos visten como tales en los espectáculos de San Telmo para turistas, no en la vida real.

El impacto económico y cultural de la industria textil ha sido y continúa siendo enorme.