Estuvimos recorriendo las instalaciones de Color Club, una pintoresca tintorería ubicada en el barrio de San Martín. Allí pudimos conocer a sus dueños, Hugo y Nicolás Barg, quienes nos contaron sobre sus orígenes y su recorrido en la industria.

Hugo se formó con su suegro hace ya más de 35 años en Garú Textil. Quizá los más grandes recuerden los productos exclusivos desarrollados por esta famosa empresa como el chenil y el corderito, tejidos que no se fabricaban en el país hasta ese momento. Luego de varios años trabajando allí Hugo logró abrir su propia tintorería, lo que es hoy Color Club.

“Mi vínculo con la industria textil viene desde que tengo uso de razón. Mi padre me contaba siempre que con sólo tres años pasaba las tardes en el local de mis abuelos en el barrio del Once y decía que “vendía Palones” en referencia a los pantalones que comercializaban allí.”

Como todo empresario textil, supo atravesar las  diferentes crisis del país y de la industria con creatividad e innovadores métodos,  adaptándose a los tiempos de cambio de manera sabia y con esfuerzo. Desarmar máquinas para crear nuevos productos, experimentar con técnicas de teñido y brindar atención personalizada a clientes con variedad de colores en pocas cantidades le permitió sostenerse en esta profesión con éxito.

Con el tiempo Color Club fue ampliando su cadena de valor en la industria a través de un crecimiento que alcanzó cada una de las etapas del proceso de la tintorería. Su expansión empezó por la compra de algunas máquinas para tejer de forma independiente que permitieron achicar los costos de la materia prima, y terminó concentrándose  hace 15 años con la compra de un local en Flores. Hugo cuenta risueño que cuando se enteraron que iba a comprar un lugar propio, lo consideraron un loco: “¿Cómo vas a comprar un local tan alejado de la única cuadra que tiene movimiento en esta zona? ¿Qué te lleva a pensar que esto va a crecer y justo para este lado? Este tipo de consultas  recibía diariamente de parte de amigos, familiares y clientes. “

Ubicado entre las calles Argerich y Morón, hoy plena zona comercial del barrio con más actividad textil de Buenos Aires, la familia Barg creó B.A Telas el local de tejido de punto, sitio de referencia para muchos visitantes, clientes y amigos que suelen frecuentarlo.

“Lo primero que hice fue poner una máquina de café profesional como la de los bares. Porque quería que la gente venga a tomar café a mi local, que se junten acá, que me conozcan. Estaba convencido que con el tiempo me iban a terminar comprando. Así el local fue cobrando notoriedad y las antes cuadras vacías no eran un impedimento para que los comerciantes de la zona se acerquen a conocernos”, comenta Hugo.

Este año se sumó al proyecto familiar Nicolás, su hijo mayor, quien lejos de aceptar sumarse como el hijo de dueño decidió organizar su propia unidad de negocios dedicándose a la comercialización de avíos.

Nicolás, un joven con pasado en el mundo del marketing y la publicidad, nos contó que lo más fuerte que le pasó cuando inició este proyecto fue la charla que tuvo con su abuela materna, la esposa de quien lo introdujo a Hugo en esta industria. Él le comentó que iba a empezar con la venta de elásticos, entre otros productos, y ella quedó boquiabierta: “¿Podes creer que tu bisabuelo fue el primero en traer una máquina de elásticos al país?”

Así, esta historia familiar vinculada a la industria textil completa un círculo lleno de anécdotas y puntos en común que sorprenden. Con proyección a nuevos desafíos y oportunidades, quien empezó yendo a la fábrica de su suegro hoy comparte con su hijo la pasión y las ganas de mejorar la industria textil argentina.